Monday, June 20, 2011

Abuela Paquita

Ha sido como un golpe de esos que te deja atontado y lento.

Había llegado a un punto en el que su salud era como dice mi madre “incompatible con la vida” pero ahí seguía. 

En las últimas semanas había remontado un poco, tenía mejor cara, más hambre y aunque los números del análisis no acompañaban ahí seguía.

Mi abuela era una persona compleja, siempre hizo lo que quiso y siempre pudo hacerlo. Al morir mi abuelo decidió que no quería vivir con los hijos, quería seguir en su casa y así fue. Tocaba su piano, cocinaba y de vez en cuando comí con este o con aquel. Esta independencia ha hecho que viva más y mejor; no ha sido hasta hace poco que su cuerpo ya no la acompañaba tan bien y ha necesitado un andador, y hasta no andar. Pero su mente seguía funcionando bien.

Sólo puedo suponer la rabia de verse cada vez más impotente pero incluso eso lo llevaba con esa resignación tan de su época, tan suya. 

Sí, alguna vez ya decía que estaba cansada, que eran demasiados años…

Siguió en su casa hasta el último día, en su cama, en su cocina, en su butaca, con su brasero… porque ya tan mayor y sin moverte coges frío.

Con el último desayuno se quedó dormida, como otras veces, pero ya no despertó más. No es una mala forma de morir, tranquila y en silencio, en su casa…

Ya necesitaba muchos más cuidados de los que le podíamos dar pero ella no hubiese entendido acabar en una residencia por muchas ventajas que tuviese y sus hijos (y los no tan hijos) intentaron mantener eso, ni siquiera en el hospital. A estas alturas poder vivir a tu modo es uno de los mayores lujos, de esos que no se pagan con dinero.

Por eso es que la noticia te entristece mientras piensas que ya firmarías eso para ti… Es un sentimiento complicado, amargo y “reconfortante” (no sé si es la palabra adecuada) a la vez. Quizás un poco alejado de lo que se supone que deberías sentir, pero también es tranquilo y no pincha tanto que el regusto final no sea tan… Bueno, eso.

El viaje a Granada no fue tan duro porque iba con mi primo Dani, tiene esa forma de mirar al mundo de frente no como si no importase pero sí como si no pasase nada.

Estaba aterrado de ese primer momento cuando llegas y está todo el mundo, iba pensando que menos mal que iba con Dani.

Cuando llegamos me intercepta mi padre y me dice que busque a mamá porque estaba por allí Carolina (mi primera novia). ¿Cómo?

Parece ser que el día anterior murió su padre y estaban por allí esperando a que les diesen sala. ¿Cómo? (luego volveré sobre esto)

En el tanatorio estaba la gente que tenía que estar, ni muchos ni pocos, sólo los que tenían que estar. Casi no hace falta hablar, somos familia y te miras a los ojos y ya.

Tardé un rato en entrar a la sala porque aún conservo el recuerdo de mi abuelo en el ataúd y no estaba seguro de querer este también. Pero no te puedes negar a lo que eres, yo lo quiero saber.

Que pequeña y que frágil… No somos nada.

(Si has llegado aquí aguanta que todavía queda)

La misa fue breve y rara, excepto mi abuela y cuatro amigos y familiares lejanos somos más ateos que ateos. Para ella era importante así que allí estamos todos. Algunos más al final, sí, como si no fuese mi sitio. No me siento muy cómodo en una iglesia. Nadie de la familia directa se levantó a comulgar y no dejo de preguntarme que pudo pensar el cura. No me importa, simplemente no me lo puedo quitar de la cabeza.

A la salida ya empezaba la gente a marcharse, despedidas, abrazos, “hacía tiempo que no nos veíamos”, sonrisas cortas, abrazos… Se hace raro necesitar el contacto cuando estás acostumbrado a no quererlo pero hay tantas cosas que no puedes o no sabes decir que tienes que transmitir de alguna manera. Y te tocas, te abrazas y simplemente pasa, así. Tan complicado y tan fácil.

Y entonces pasan por delante Carolina y Raquel, su hermana. Había estado buscándolas y ya pensaba que no las vería. Tenía yo 31 años la última vez que nos cruzamos, en 2004. Para mi nunca será Carol, siempre he llamado a mis novias por su nombre completo.

Podría haberla visto pasar con los ojos cerrados.

Las seguí a la oficina del tanatorio y ya dentro Raquel se giró y me vio. Después Carolina. Sonreí y se le saltaron las lágrimas.

Mientras solucionaban el papeleo fui a ver a su madre. Para mi fue una persona muy especial que siempre me recuerda con cariño y diciendo cosas preciosas como si yo fuese alguien especial. Mi madre se nos une y hablamos como si no hubiese pasado una vida. 

Nos despedimos y fui a donde había quedado con mi familia para comer. Estábamos haciendo tiempo para recoger las cenizas y bueno, ya se sabe, “quien después de un funeral no toma un vino el suyo viene de camino”.

Bebimos cerveza, bromeamos, nos reímos, comimos muy bien y fue genial. Lo necesitábamos.

Las cenizas irán al mar, en esa Torrenueva que tanto les gustaba a mis abuelos. Y a nosotros.

Se me quedan muchas cosas por decir… que para sus hijos era “mami”, que le encantaba el sol y el mar, que en la casa de Víznar tenía su habitación y que la mitad de la casa la trabajó mi abuelo. Cocinaba muy bien pero dejó de hacer las pechugas empanadas el día que murió su hijo Floro. Cada cumpleaños me hacía la tarta más rica que he probado nunca, de galletas y café, con muy poquito café.

En fin, no es un mal final pero es un final.